Ella era la bruja de la vereda, por mujer y por negra. Muchas veces escuché el rumor de que mi madre era bruja, porque a fulanita le leyeron la taza del café o la totuma y en ella se reflejaba el rostro de mi madre, ella una mujer campesina, que escasamente sabe escribir su nombre y hacer operaciones matemáticas en su mente, que aprendió cuando la obligaron a salir de la escuela para ir a vender bollos en la calle.
Era la bruja que acechaba
a otras mujeres para hacerles hechicerías no sé con qué intención, vayan a saber
ellas...
Yo recuerdo a una mujer que
dejaba su ser entre el trabajo productivo de labrar la tierra y el trabajo
reproductivo de cuidar a sus 4 hijos y a mí, su hija, que al parecer requería
más cuidados por ser la única niña en la casa.
Ahora lo entiendo, era
necesario encontrar una culpable del mal, de la desgracia ajena y quién mejor
que la mujer negra, empobrecida entre las y los empobrecidos, explotada entre
los explotados y que además carga aun con la escoba, porque las negras de Marialabaja son brujas, porque las negras de nuestras comunidades son brujas.
Hoy recojo ese legado ancestral místico de mi negritud y lo transformó en este fuego que me mantiene y me ha traído hasta aquí.