Me iré a casa sin un contacto cercano, sin un contacto
erótico, sin coincidir con una mirada de admiración real, sin un amor de música
ligera.
Me iré a
casa sin el contacto erótico-afectivo de otra piel, de otro cuerpo.
Mi carne
solo es objeto de deseo erótico pero no afectivo por el estereotipo de erotización
y exotización que llevo sobre mi piel tostada, sobre mi negritud, sobre mi
pronunciado culo y sobre el movimiento de mis caderas andantes.
Por lo tanto, soy la negra con la que les gustaría coger, pero no con la que quieren un vínculo real en el que se proyecte una relación
afectiva, soy la negra, “negra pero bonita” dicen desde el racismo "positivo", soy la negra en la que se proyecta el deseo
sexual de este racismo “positivo” que reconoce en este cuerpo unas características deseables
de la negritud, no solo para el hombre blanco heterosexual, sino también, para
las mujeres que me miran deseando tener el grosor de mis labios, el molde y
tamaño de mi culo, la curva de mis caderas y otras muchas la forma de mi
cabello, porque es la demandada de la capitalización de la estética afrolatina, e incluso el tono
de mi piel porque se nota bronceada y no “tan negra”. Características que muchas personas
racializadas capitalizan desde el racismo “positivo” utilizándolas como una
ventaja.
Me niego a ser la carne con la que se sacia el deseo sexual racista, la carne con la que se satisface el fetiche de culiarse a una negra
para experimentar que tan calientes somos, para comprobar todos los mitos que
por ahí se dicen sobre nuestra sexualidad.
Por ahora, esta es mi experiencia sexual en
Santiago de Chile y mientras así sea me iré a casa sin un contacto real y esto
no es un lamento, es el instrumento para mostrar otra mirada de la intersección
entre el racismo y el género, este es mi lugar de enunciación, mi propia
experiencia como mujer negra y migrante aquí.