“Cuando denunciamos el racismo ustedes pueden hacerse lxs locxs,
pero a nosotrxs nos cuesta la vida".
Jhon Narváez[1]
En este país cualquier acción nuestra (las personas migrantes), se
convierte en motivo para que te griten: “extranjero culiao ándate a tu país” o
te pregunten “¿por qué no te largas a tu país?
de manera más sutil, ¿te quieres quedar?.
Acciones como: preguntar el precio de un producto en una tienda, en la
feria o en la vega (plaza de mercado), o
hacer una crítica o comentario en clases. Situaciones que he vivido en los
escenarios que menciono, pero sobre las que no me detendré en este relato, otro
de esos que llevo atorados en la tráquea.
Aquella mañana fría de septiembre en la que aún se confundía el invierno
con la primavera, me invitaron a reunirme con unas conocidas, afrodescendientes
en su mayoría, entre ellas la reconocida académica Ochy Curiel, quien andaba de
paso por Santiago. Mientras tomamos un café fue inevitable tocar el tema del
racismo y compartir algunas experiencias
similares que hemos vivido. Me despedí, tomé el metro y me dispuse a hacer el
transbordo a una micro o autobús integrado, mientras esperaba en la parada el
ambiente se tornó un poco denso al notar que había mucha gente en el lugar, en
medio del tumulto un hombre comenzó a gritarle al regulador:
“Extranjero culiao, yo soy chileno a mi ningún extranjero me viene a decir
qué hacer, lárguense a su país, delincuentes, vienen aquí a delinquir. ¡Lárguense!”
Sentí miedo al notar que la voz tomaba fuerza y ya eran varias
personas que repetían aquellas frases,
como si fueran consignas que se gritan contra el opresor y que en la multitud
se vuelven un solo grito a varias voces.
Vi que se acercaba la micro que yo esperaba, sintiendo como si viniera en
mi rescate, al abrir sus puertas casi a empujones entré en ella. Pero para mí
desgracia acompañada de este mismo grupo de personas, quienes estando arriba y
con el vehículo en movimiento seguían gritando sus “consignas” como buscando
animar aquel sentimiento de desprecio por las personas migrantes y agitando la
“superioridad” de la “chilenidad”.
Con aires de grandeza arremetían casi que en mi oído, ¡YO SOY CHILENO, YO SOY CHILENA! ¿Qué se han creído los
extranjeros?. Las miradas entre estas personas eran cómplices, pero el silencio
de las espectadoras y espectadores lo era aún más.
Yo estaba inmóvil, porque en aquel momento sentí que la aparente
indignación con aquel joven quien solo hacía su trabajo (recordar que debían
pagar el pasaje) se extrapolaba hacia a mí, pues yo representaba la razón de su
desprecio; negra y extraña. Levanté el rostro buscando apoyo, ingenuamente
buscando empatía.
Huyendo de la mirada de mis agresores giré a mi lado izquierdo y me
encontré con la mirada de otra mujer negra, sus ojos estaban llenos de lágrimas
como los míos, sentí que me conecté con ella en los mismos sentimientos de
impotencia, rabia y tristeza. Sobre todo esta última me invadió, al sentir que
este grupo de personas nos odiaban sin conocernos, al sentirme tan sola y vulnerable
en medio de tanta gente, gente del pueblo, seres humanos como yo, como
nosotras, nos miraban de reojo y con desprecio,
me sentí desvanecida, reducida y frágil en mi existencia.
Volví a agachar la cabeza tratando de ocultar mi rostro debajo de la gorra
que llevaba puesta, pero al instante volví a la mirada de aquella mujer, quien
entre dientes me pregunto: ¿te bajas?. Yo seguía inmóvil, solo pude abrir paso
para que ella siguiera hasta la puerta, al arrancar el bus reaccioné y pensé
que sus palabras eran una invitación.
Estas personas continuaban repitiendo la misma línea discursiva,
comentándola entre ellas. Sentía que era un viaje interminable, al llegar a mi
parada se bajaron varias personas conmigo que me miraban, con lastima o desprecio, o las dos, vaya una a saber
cuándo se diferencian.
Di unos pasos, respiré profundo y exploté en llanto, caminé rápido casi
corriendo, con la respiración agitada y nerviosa. Llegué a la habitación, me
dirigí al baño y vomité, como exorcizando emociones, somatizándolas, y
expulsando de mí el dolor y la rabia. Pero, ojalá fuera suficiente un vómito
para liberarme de ello, pensé.
Llamé a una amiga de las pocas que he hecho acá, buscando contención
emocional. Después de hablar con ella y respirar un poco, escuché una voz en mi
cabeza que decía: ASÍ TE JODE EL RACISMO.
[1] Actor Cartagenero,
ganador del premio MACONDO de la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas, Mejor actor protagónico por la interpretación del Joe
Arroyo en Rebelión: El Grito de un Legendario.